Vilcabamba, y el mito de la longevidad

Publicado en por Ludy




 

 

Vilcabamba es un pueblito a unos 100 km de Saraguro, aunque el estado de la carretera hasta Loja hace que se tarden unas 4 horas.  Bautizado como el valle de la “eterna juventud”, presume de tener los habitantes más longevos del mundo, llegando incluso a los 130 años, y esta idea es la que se vende desde en las calles (la Avenida de la eterna juventud es la calle principal), pasando por el “Mini Market Longevo” hasta botellas de agua de la fuente de la vida eterna.

Es un pueblo tranquilo, bastante pequeño aunque con varias casas desperdigadas en las afueras, muchas de las cuales son viviendas de retiro y reposo para norteamericanos y europeos que buscan la “eterna juventud”

 



También es punto de encuentro de viajeros de todas las nacionalidades, muchos de los cuales hacen una parada más larga de lo habitual para descansar y relajarse. La mayoría de las hosterías ofrecen también servicios de masajes, tratamientos de belleza, spa, excursiones a caballo, o en  bicicleta, y también se puede caminar por distintas rutas con o sin guía.

La razón de esta fama que se ha ganado el lugar se deberá sin duda a las suaves temperaturas durante todo el año, la pureza del agua  y del aire y el estilo de vida en armonía con la naturaleza, pero se han hecho incluso estudios para averiguar una razón más científica de la alta esperanza de vida con diferentes conclusiones.

 

 

El viernes llegué con Marina al hostal Izcayuma, situado a las afueras del pueblo, con unas vistas excepcionales, y gestionado al estilo germánico, con todo bien pensadito: piscina, servicio de masajes, y bicis y desayuno incluidos para clientes por un módico precio de 10 $. Después de una cena alemana que nada tenía que propia de cualquier restaurante en el centro de Berlín, cervecita en el barcito con billar, tumbonas y ambiente distendido entre angloparlantes.

A la mañana siguiente subimos al Mandango, un cerro que visto desde abajo, asemeja a un hombre acostado mirando al cielo, y desde el cual se pueden observar unas increíbles vistas. Después de 2 horas de subida, una hora de sube y baja por un impresionante caminito no apto para vértigos, meter el pié en un agujero y cargarme mi único pantalón de verano (regalo de la India de Anita), saltar vallas, saludar vacas, buscar señales amarillas en piedras, meter el pié en el  río, y torcerme el tobillo, conseguimos salir a la carretera cruzando los terrenos de una casa asustadas por un perro ladrador.

 


Una merecida comida, esta vez al estilo Mexicano, un baño en la piscina y leer en una hamaca, y partidas de billar completaron el día.


La mañana del domingo paseamos por el pueblo charlando con todos los artesanos que había y observando el ambiente electoral, con la idea de volver pronto a Saraguro, pendientes de los resultados de la dura campaña que me han vuelto loca la última semana con cancioncitas.

 


Uno de los pocos fines de semana, después del cual, siento haberme ganado unos días más de vida

 

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